En Vivienda y Decoración de "El Mercurio"

Sábado, 29 de septiembre
Lo encuentro increíble. El mismo día de nuestra postura de argollas, Álvaro Hoppe, que nos sacó unas fotos preciosas de la ceremonia, aparece con un lindo reportaje sobre él y su barrio, en El Mercurio.
ÁLVARO HOPPE:
A los pies del cerro
Un ruso que vendía berlines, el italiano del almacén, el viejo del saco y un excéntrico camarógrafo, son parte de los personajes con los que el fotógrafo convivió durante su niñez. "Soy testigo y memoria de este barrio", sostiene frente a la que aún es la casa de sus padres.
Texto, Constanza Toledo Soto Retrato, Juan Francisco Somalo
Muchas imágenes de esa época quedaron en mi memoria. Recuerdo haber vivido siempre aquí, pero en realidad nací en otro lugar y sólo a los dos años llegamos a Antonia López de Bello. Era una casona antigua, y con mi familia –mis papás y tres hermanos–, ocupamos el segundo piso; el primero era el espacio de mi abuela.
El apego a esta casa pasa por lo que disfruté en torno al barrio, que era muy diverso y lleno de personajes: pasaba el viejo del saco; estaban unos rusos que vendían berlines; los árabes con sus tiendas de ropa; otros señores que trabajaban en la vega y que hacían unas fiestas espectaculares; "El Salvaje", un chascón de pelo largo y boina que era camarógrafo del antiguo canal 9; y más allá un italiano, Don Giovanni, dueño de un almacén donde comprábamos y que un día extrañamente mataron. Al tiempo se supo que había sido porque guardaba mucha plata debajo del colchón.
Vivir a los pies del cerro era súper bonito porque subíamos a caminar, escalar, descubrir lugares, mirar la ciudad y los atardeceres... Era nuestro patio gigante. Desde la casa escuchábamos los rugidos del león y cuando llegó el primer hipopótamo al zoológico, partimos a conocerlo.
De más chico fui más solitario, así que hice mi propio mundo de fantasías: una escoba se convertía en mi caballo, un simple palo en una espada y los abrigos de mi papá en capas de reyes. Todos teníamos un dormitorio y en el primer piso había una pieza donde jugábamos con baldes y palas a hacer castillos. Después de los seis años recorrí harto los alrededores junto a mis hermanos: andábamos en bicicleta por la manzana, en carritos con ruedas de rodamiento, en el verano nos bañábamos en el patio y tomábamos malta con huevo. Caminábamos por Plaza Italia, el Parque Forestal, íbamos al museo o al cine a ver tres o cuatro películas de una vez. Nos encontrábamos con Pablo Neruda cerca de La Chascona, y en la feria artesanal que todos los años se instalaba al borde del río Mapocho veíamos a diferentes artistas, y entre medio a la Violeta Parra.
A los 26 años me independicé, pero mis papás aún viven acá. Tengo muy lindos recuerdos de esos días, soy testigo y memoria de todo esto, y lo mejor es que mucho sigue igual que antes.
Constanza Toledo Soto.

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